La despedida
Fábulas

La Despedida

Todo el mundo lo sabía. Todos eran conscientes de ello pero nadie lo decía. Nadie quería ser el o la primera en decirlo, en traerlo al mundo real. Si no se le ponía nombre a aquello que estaba pasando, entonces… ¿estaba pasando? Claro que sí, la única diferencia es que no lo estaban aceptando.

La dura realidad es que Mao se moría. La enfermedad y la edad se la estaban llevando. Como se suele decir, estaba perdiendo la batalla contra la muerte. Ni siquiera debería escribir esa palabra: Muerte. Nadie lo dice, pero es el gran tabú que rige la sociedad. Y lo que es peor, nadie es capaz de decírselo a ella o a sus hijas. Todo son mensajes de ánimo, falsas esperanzas en las que nadie cree pero consideran que son necesarias para traer algo de dulzura y compasión una cruda situación. Sin embargo, esconden miedo, esconden pena, esconden la verdad. Y esto, aunque bien intencionado, dañaba más que sanaba.

Por supuesto que agradecían las hermosas palabras que amistades y familiares les brindaban, el saber que podían contar con ellas… pero les enfurecía ver como rehuían el estar allí. Nuevamente, si no estaban no tenían que mentir, si no estaban no tenían que afrontarlo. Si no estaban, la muerte no existía.

Ni siquiera sus hijas, allí presentes, se atrevían a nombrarla. Su madre, yacía allí, en aquella mullida cama, dormía. No era un sueño plácido, su respiración era pesada y densa, de vez en cuando una punzada de dolor se reflejaba en su rostro. Para ellas, aquello estaba siendo duro. Trataban de animarla a seguir resistiendo, a seguir peleando, a seguir viviendo, aunque, en sus adentros, ambas sabían que el momento de su partida estaba cerca y que lo único que estaba ocurriendo allí era una prolongación de su propio sufrimiento.

Esa noche, decidieron quedarse en la habitación con Mao y, mientras entraban en un profundo sueño escuchando nada más que el silencio que reinaba, soñaron. Soñaron con los bellos recuerdos que tenían junto a su madre. Las risas, los abrazos, el amor. Y, entonces, como si de una aparición se tratara, guiadas por un águila, llegaron a un ciprés bajo el cual se encontraba su madre, sonriente.

La despedida

Verla allí fue toda una sorpresa, brillaba con aquella luz cálida y amable que había tenido en vida, las esperaba con los brazos abiertos. No había signo de enfermedad. No había signo de dolor. Solo había calma y amor. Y las niñas lloraron, porque ahora, ya no eran las mujeres con familia que dormían en aquella habitación, ahora eran niñas que echaban de menos a una madre que no iba a volver.

Mao las abrazó. Las consoló. Les acarició el pelo como solía hacer. Rió. Jugó. Y cuando la noche empezaba a llegar a su fin… Habló.

– Amadas mías, la Muerte vendrá a visitarme pronto. Voy a morir.

Las niñas, horrorizadas ante lo que su madre estaba diciendo trataron de interrumpirla, pero Mao las acalló con el simple gesto de su mano. Lo entendía. La quería allí, la amaban pero su tiempo en esta tierra había concluido y debía partir. La idea de dejarlas era difícil y más si sabía que no estaban listas para su ida pero era su hora. Y la muerte es tan parte de la vida como el propio nacimiento.

– Sé que es difícil. Que es triste, las despedidas siempre lo son. Sin embargo… por muy duro que sea, no significa que no haya que hacerse. Es mi hora. No voy a seguir peleando una batalla que ni siquiera se está librando. Solo aquellos que no están en paz con la vida temen a esta sombría amiga que es la muerte. Por eso la evitamos. Por eso no hablamos de ella. Nos recuerda nuestro tiempo limitado y nos hace pensar en qué estamos haciendo con él.

Por eso, niñas mías, quiero pediros que viváis. Vivid y atreveros. Solo así llegaréis a este momento sin miedo. Sin remordimiento. Os echaré de menos. Pero sabed, sabed que estoy en calma y que sé que este es mi momento. Por favor, dejadme ir. Dadme el permiso para marcharme. Así… así mi paz será todavía mayor. Os amo. –

Y con esas últimas palabras de amor, a pesar de la resistencia de las niñas, el sueño comenzó a desaparecer. El Sol, había terminado de salir. El día había sustituido a la noche. Era el momento de despertar y de afrontar la realidad que yacía ante ellas. Era el momento de ver de nuevo como su madre se retorcía, en ocasiones, de dolor. Como el color de su piel se apagaba. Ya no era aquel ser de luz y calma infinita, volvía a ser de carne y hueso.

Las hermanas se miraron. Se abrazaron. Lloraron. Era el momento para hacer una de las cosas más difíciles, necesarias y valientes que jamás imaginaron hacer.

La pequeña fue la primera en hablar. – Mamá, todo está bien. – dijo con lagrimas en los ojos. – Si ha llegado tu momento de descansar, hazlo. Nosotras estaremos bien.

La mayor se acercó a Mao, tomó su mano, respiró profundamente y, con un llanto que apenas podía contener, continuó – Mamá, tienes razón. No hay porqué luchar. Puedes irte, pero antes… antes quiero pedirte perdón, perdón por el daño que pude hacerte en algún momento. Nunca fue mi intención. También quiero decirte que te perdono. Te perdono por el daño que me causaste, sé que siempre tuviste mi bienestar en tu mente aunque a veces no era lo que yo necesitaba o quería. También, te doy las gracias por haberme traído a este mundo, por haberme criado, por haberme amado. Te amo mamá, te amo.

La pequeña imitó a su hermana mayor. Pidió perdón por el daño causado, perdonó por el infligido, agradeció por la vida dada y recordó el amor que sentía por ella. Ambas sintieron como la sala ya no parecía tan lúgubre y oscura. Como, a pesar de la crudeza y la tristeza del momento, el ambiente parecía mucho más feliz. Y volvieron a llorar. Y abrazarse. Pues sabían que el momento estaba cerca. Quizás solo fuese un juego de la mente, un regalo que esta quería hacerles para hacerlas sentir mejor pero ambas jurarían haber visto sonreír a su madre al pronunciar aquellas palabras.

Y con los últimos rayos de Sol de aquel mismo día, Mao exhaló su último aliento, sabiéndose en paz con todos y todo y esa oscuridad a la que llamamos muerte, trajo consigo la luz del espíritu puro de aquel ser al que conocían como Mao. Su tiempo había terminado, era el momento de volar como las águilas, surcar los cielos y cuando estuviera lista, volver a posarse en otro cuerpo.

Namasté.

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Las personas avanzamos y olvidamos nuestra historia. Es increíble la cantidad de problemas que nos ahorraríamos si mirásemos atrás y aprendiéramos de nuestros ancestros. En este espacio mezclaremos el folclore y la sabiduría ancestral con las técnicas y términos modernos con el fin de hacernos más conscientes de nuestro momento presente y de conocernos un poco más a nosotros mismos. Gracias.

2 Comments

  • Carlos R.F

    La muerte, como la vida, debe abrazarse con la misma voluntad y la misma determinación. Se habla de dolor, se habla de nostalgia y de un vacío que nos invaden cuando debemos “dejar ir” a quienes queremos. Pero la despedida no supone el fin de la existencia o la influencia de esa persona que dejamos ir en nuestras vidas; todo lo contrario, supone el principio de una nueva nueva etapa en nuestras vidas en la que, si nos decidimos a liberarnos del sentimiento de culpa por el daño que hicimos y perdonamos el daño que a nosotros nos hicieron, alcanzaremos un grado de conexión y equilibrio con el mundo que nos rodea y con las personas con las que nos relacionamos que de otra forma, nunca hubiese sido posible. Muchas veces, sobretodo en las religiones, se habla de que la muerte no es el final sino un nuevo comienzo. Más allá de la idea de un paraíso en el que las almas alcanzan la liberación del peso del sufrimiento de la vida en la Tierra para mi también es un nuevo comienzo para los que se quedan aquí en la Tierra. Es la muerte de alguien a quien estamos muy ligados el principio de nuestro abrazo a nuestra propia muerte y nos prepara para abrazarla con una sonrisa.

    • Mary

      Estoy muy de acuerdo con lo que dices al comienzo. Vemos esa ida como algo doloroso y… mentiríamos si dijéramos que no lo es. Es normal estar tristes por no poder ver alguien más, por haber dado esa última despedida, ese último adiós. Sin embargo, como bien dices, hay experiencias que compartimos con esa persona, lecciones que aprendimos, circunstancias que vivimos que de otra forma no habríamos tenido. Y eso… eso es algo en lo que deberíamos centrarnos, en los momentos que sí compartimos, en los que sí fueron buenos. Aprender a perdonar el daño causado y aprender a perdonarnos el daño producido.
      En cuanto a las religiones… bueno, yo no estoy de acuerdo con ellas. No creo que este sea un valle de sufrimiento. Creo que estamos en una gran escuela en la que hemos venido a aprender y… cuando aprendemos nuestra última lección es momento de marcharnos al siguiente nivel.
      Sí, la vida y la muerte están ligadas, sonará macabro pero estamos en una continua cuenta atrás hasta llegar al día en el que nos toque morir, lo único que podemos hacer es vivir lo mejor posible. Es vivir bien.

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