Fábulas

La Hija de la Noche

Narem miró al cielo estrellado. Hoy era una de esas noches de invierno. Fría, oscura, sin luna. Alzó su mirada como había hecho en innumerables ocasiones. Sin duda, ella era una hija de la noche.

La luna negra era conocida por acercar la oscuridad a la tierra. Las sombras parecían cobrar fuerza con la ausencia de la soberana de la noche. Quizás por eso le gustaban tanto esas noches: Todo era posible. Y es que durante el día, con la luz del astro rey, los árboles, eran árboles; los puentes, eran puentes y los ríos, ríos. Pero, durante la noche (especialmente, noches como aquella) la cosa cambiaba. Mirabas a tu alrededor y, por mucho que conocieses el camino, por muy familiar que te fuera, los árboles se transformaban en criaturas que te observaban. Los puentes eran el hogar de trols que guardaban su territorio con ferocidad y sin compasión. Y los ríos… los ríos parecían llevar los espíritus de los difuntos al más allá. Generaban esos extraños sonidos que parecían lamentos. Sí, la oscuridad tiene ese poder.

La Hija de la Noche
Quizás por eso le gustaban tanto esas noches: Todo era posible.

Narem paseaba por aquellas calles, aquellos pasos creados por los humanos, y sonreía. Las personas se habían empeñado en hacer de las noches sin luna (o de las noches en general) momentos de horror llenos de terror, donde los miedos más profundos cobraban vida. Hasta cierto punto, esto era verdad. Ella, como hija de la noche, lo sabía. Su nacimiento, hacía 24 inviernos, había tenido lugar cuando la luna iluminaba el firmamento y las estrellas habían sido testigo de ello. Su primera visión no había sido el ardiente Sol. No, había sido la fría luna que parecía sonreír con su llegada.

Bruja, la llamaban algunos. Otros, se decantaban por loca. Ella los miraba con tristeza. ¿De verdad creían que esos eran insultos? Sí, era un bruja. Quería dedicarle su vida a la luna. ¿Loca? Era posible. Se lo había planteado muchas veces. Sabía que no entendía el mundo como los demás. Que no se relacionaba con él como el resto. Pero, también sentía que era más feliz. Que en su mirada se dibujaba una sonrisa con mayor facilidad que en los demás. Si eso era estar loca… Estaba orgullosa de estarlo, pues eso le permitía entender y disfrutar cosas de las que el resto, ni siquiera se percataba.

Miró al frente, estaba a punto de cruzar el puente. Dirigió su vista a la derecha. Como cada noche, el árbol que allí se encontraba durante el día, se transformaba en una enorme y oscura criatura que parecía guardar la entrada al lugar. Se convertía en un feroz y sanguinario trol, según algunos. Para ella era, simplemente, una criatura más de la noche. Y, como cada noche que pasaba por allí, se detuvo y sonrió a la nocturna criatura pidiéndole permiso para poder cruzar el puente sin peligro alguno. Quizás sí que estuviera loca después de todo… pero, aquello, le daba paz. Le traía magia a su vida y le recordaba que las cosas no son siempre como nos cuentan.

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En su mirada se dibujaba una sonrisa con mayor facilidad que en los demás. Si eso era estar loca… Estaba orgullosa de estarlo

Dejando el puente atrás, bajando por un pequeño acceso, llegó a la orilla del río y comenzó a caminar en contra de la corriente, en dirección a la ciudad. Ese camino transcurría por en medio del bosque. No era seguro, decían. La fuerte corriente del río, la ausencia de luz… Era el lugar perfecto para cualquier crimen. Sin embargo, no había lugar que lograse calmar más su alma que aquel.

Sí, le habían dicho que la oscuridad trae horrores… Miró a aquellos árboles, desnudos por el invierno. La forma de sus ramas y troncos los transformaba en criaturas ¿amenazantes? Los troncos de los caídos parecían personas en la lejanía. Fantasmas del pasado… Narem se rió ¿por qué tenían que ser malvados? Ella era consciente de dos verdades:

La primera: Si ves la oscuridad como sinónimo de horror es porque, secretamente, vives con miedo. Especialmente hacia tu propia parte oscura. ¿A caso no nos acompaña siempre? ¿Qué es nuestra sombra si no?

La segunda: La oscuridad no trae horrores, trae posibilidades. Tú eliges en cuáles centrarte.

Para ella, las posibilidades eran infinitas y ninguna en su contra. Por eso honraba a los árboles – criatura, por eso pedía permiso al “trol” del puente para cruzar… Por eso agradecía a las estrellas su belleza y guía. Era su forma de devolverle al universo el amor que este le profesaba. Les daba las gracias por poner en su vida aquello que necesitaba.

Sí, sin duda, estaba loca a ojos del resto. A los suyos, había encontrado su lugar como hija de la noche y se había hecho consciente de su propio poder.

Por fin, había despertado.

Gracias.

Las personas avanzamos y olvidamos nuestra historia. Es increíble la cantidad de problemas que nos ahorraríamos si mirásemos atrás y aprendiéramos de nuestros ancestros. En este espacio mezclaremos el folclore y la sabiduría ancestral con las técnicas y términos modernos con el fin de hacernos más conscientes de nuestro momento presente y de conocernos un poco más a nosotros mismos. Gracias.

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