Fábulas

La libélula y el Dragón.

Esta es una historia que tuvo lugar en un tiempo que es anterior a nosotros. En un lugar que no necesita nombre. Esta es una historia ficticia pero, si me preguntas, te diré que es tan real como el aire que respiramos. Es su historia y, al mismo tiempo, es nuestra. Esta es la historia de la libélula y el dragón.

Es realmente increíble. Majestuoso. Aterrador. Ver al dragón surcar los cielos como si de nada se tratara. Proclamado rey del cielo, de la tierra, de todo aquello que alcanza la vista. Aunque, claro ¿Cómo oponerse a semejante criatura? Su velocidad, su poder, su enorme tamaño. Sí, aquella era la criatura más perfecta e invencible que la naturaleza podía haber creado. Y como cabe esperar, todo esto despertaba dos instintos básicos en muchos de los habitantes del reino de la tierra: envidia e inferioridad. Una mala combinación que tiende a crear la necesidad de quedar por encima del resto. De demostrar nuestra valía menoscabando y dañando a los demás.

No obstante, el dragón, nunca fue consciente de todo ello. Era prepotente, sí. Tenía poder, eso le daba la excusa perfecta para serlo. Triplicaba (o sextuplicaba) el tamaño de la gran mayoría de las criaturas de aquel lugar y, además, era único en su especie. En sus escamas se reflejaban todos los colores que existían. Como si estuviera hecho de cristal y la luz al acariciarlo le otorgara el regalo del arcoíris. Estaba tan orgulloso de su poder, de su tamaño. Lo único mayor que él, era su ego.

Y, entonces, ocurrió. Todo cambió. Para todos pero, en especial, para él. Aquel envidioso coyote. Aquel inteligente coyote. ¿Cómo se había dejado engañar de aquella manera? Le había arrebatado todo… ¿Cómo podía haber sido tan ingenuo? ¿Ingenuo? No. Confiado. Había subestimado a aquel canino y eso… eso le había costado muy caro. Lo había perdido todo. Su fuerza, su tamaño, su poder… su confianza. Aquel maldito coyote, solo por demostrar que era mejor que el gran dragón lo había retado. Lo había engañado. Lo había derrotado. Ahora… ahora solo era un mísero insecto.  El rey de todo se había transformado en una libélula.

Como si de una broma se tratara, un recuerdo tormentoso, sus alas seguían reflejando el cariño de la luz del día, seguían mostrando el arcoíris en su vuelo pero ya no lo sentía como antes. Ya no era el de antes. Solo era un insecto fácil de matar. Débil. Inútil. Una mofa a su antiguo ser. Era la misma criatura pero su ser físico había cambiado. Solo quería desaparecer. Llorar. Huir. Esconderse en el lugar más oscuro e inhóspito que encontrara y… morir. La vergüenza, el miedo, el asco hacia sí mismo… lo consumían por dentro.

¿Qué sería del dragón – libélula?

La libélula y el dragón. ¿Qué sería de él?

El tiempo pasó y el recuerdo del poderoso dragón se fue borrando de la memoria del resto de las criaturas. La verdad se convirtió en leyenda. Y el dragón, se transformó en una mera ilusión que parecía no haber existido nunca. Al menos, así se sentía la libélula. Ni siquiera volar le ayudaba a levantar el ánimo. Y, lo que más le molestaba era la felicidad que veía en el resto de libélulas. ¿No veían lo insignificantes que eran? ¿Lo débiles? ¿Lo reemplazables? A sus ojos, no valían nada. Nunca habían importado y ahora, él, era una de ellas.

Extraño. Creía haber perdido el interés en… todo. Sin embargo, algo llamó su atención. Por unos instantes, habría jurado ver volar a otro dragón. El color de aquellas alas que jugaban con la realidad, la gracia de aquel frenético vuelo, la majestuosidad con la que jugaba a posarse a su alrededor. ¿Le estaba mirando? Aquella libélula de color cian, ¿le estaba mirando? No. No le estaba mirando. Estaba jugando con él. Le retaba. Le mostraba lo buena que era. ¿Qué clase de burla era aquella? Ahora… ¿hasta aquellos insignificantes insectos iban a mofarse de su engaño? Y lo que más le irritaba era que no podía apartar la mirada de aquella criatura.

Si se permitía el lujo de ser honesto consigo mismo, la realidad era que sentía envidia. Envidia de la felicidad que sentía aquella hermosa libélula. Del disfrute que parecía sentir al exhibirse de esa manera. De la libertad con la que parecía vivir. Sin miedo por su propia fragilidad, sin vergüenza por su pequeña estatura, sin anhelos de un poder mayor. ¿Cómo podía ella transmitirle esa belleza, esa… confianza? Parecía capaz de lograr lo que se propusiera. Parecía ser un dragón.

Entonces, se detuvo y lo miró. – No hay nada más ilusorio que el poder – dijo ella. – El poder es algo que el resto te otorga, depende de ellos. Es cierto que tu lo posees pero solo porque los demás te lo han dado en forma de respeto u obediencia. En realidad, no es tuyo. Por eso el Coyote pudo arrebatártelo. –

– Tu vida – continuó la libélula – no giraba en torno a quién eres. Estaba definida por lo que eras y eso, pequeño dragón, como puedes ver, cambia de un momento a otro. Aprende a disfrutar de este nuevo ser. Es diferente, sí, pero no por ello inferior. Este momento te permite conocerte a ti mismo. De otra forma, nunca lo habrías hecho. No importa si eres un dragón o una libélula. Tú, sigues siendo tú. No ha cambiado nada, aunque parezca haber cambiado todo. Encuentra tu fuerza en ti y, entonces, te darás cuenta de la ilusión en la que vives. Tu magia, tu ser, sigue en ti. No lo desperdicies. –

Por mucho que nuestras circunstancias cambien. Por mucho que lo haga nuestro exterior o el mundo en el que nos relacionamos. Nosotros, seguimos siendo nosotros. El dragón comprendió las palabras de la libélula. No vivía la situación que él quería. No era el que fue en su día. Sin embargo, seguía siendo él. Había aprendido la lección. Se había quitado la venda de los ojos. Ya no vivía en aquella ilusión en la que había crecido. Puede que ya no fuera la criatura más temida del lugar pero era la más despierta. Había logrado algo que pocos consiguen: Se estaba conociendo a sí mismo. O, mejor dicho, se estaba aceptando a sí mismo, sin importar nada más que su propio ser.

No importaban las circunstancias o cómo lo veían los demás. Eso era parte de la gran ilusión de la vida. Era como la libélula le había dicho. Había dejado de definirse según le veían. Ahora, él, se pertenecía a sí mismo.

Las personas avanzamos y olvidamos nuestra historia. Es increíble la cantidad de problemas que nos ahorraríamos si mirásemos atrás y aprendiéramos de nuestros ancestros. En este espacio mezclaremos el folclore y la sabiduría ancestral con las técnicas y términos modernos con el fin de hacernos más conscientes de nuestro momento presente y de conocernos un poco más a nosotros mismos. Gracias.

One Comment

  • Isabel Alcántara

    Preciosa historia la de este dragón convertido en libélula que llego a ser más grande siendo libélula que dragón. Impresionante lección sobre uno mismo.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: